Educación: ¿sueñan los androides con ovejas eléctricas?
15 de diciembre de 2025
En el vasto universo de la educación, pocas preguntas resuenan con tanta fuerza como la que inquiere por el propósito de una universidad en el siglo XXI. En una conferencia impartida en la UFM y titulada «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?», el director de la Universidad de las Hespérides, Gonzalo Melián, aborda este dilema. Teje un análisis que va desde los orígenes de la educación hasta el impacto transformador de la inteligencia artificial. Su visión invita a reflexionar sobre cómo las instituciones de educación superior deben evolucionar para preparar a las nuevas generaciones frente a un futuro incierto y tecnológicamente avanzado.
¿Para qué estudiar en la universidad?
La conferencia comienza con una pregunta que se ha vuelto cada vez más relevante en el mundo actual: ¿Por qué estudiar en la universidad? Melián sugiere que la respuesta va más allá del simple crecimiento profesional. En su esencia, la universidad es un catalizador para el desarrollo personal e intelectual en todas las facetas de la vida.
Es un lugar diseñado para desafiar a los estudiantes, sacarlos de su zona de confort y alentarlos a cuestionarse y a pensar críticamente, para por fin lograr la independencia intelectual y la libertad. Este entorno también fomenta la expansión de las redes sociales y profesionales, proporcionando un recurso invaluable de contactos y mentoría, que a menudo perdura mucho más allá de la graduación.
De la Revolución Industrial a la de la información
Para comprender el presente, Melián nos lleva a un viaje a través de la historia. Comienza con la Revolución Industrial. Marcó un punto de inflexión, pues creó una demanda sin precedentes de mano de obra especializada, lo que elevó el estatus de las universidades como centros de conocimiento y formación.
Sin embargo, el orador señala que el modelo educativo del siglo XIX y principios del XX era profundamente autoritario: el profesor actuaba como la única fuente de conocimiento y el estudiante como un simple receptor pasivo. Este modelo, lamenta Melián, no logró inculcar el pensamiento crítico y autónomo necesario para contrarrestar las ideologías totalitarias que surgieron en ese periodo.
Con la llegada de la era de la información, el panorama educativo se transforma una vez más. A partir de 1991, el gasto global se desvía de los bienes industriales a la tecnología de la información, lo que provoca un cambio sísmico en el mercado laboral. Los trabajos que se basaban en habilidades manuales y técnicas fueron reemplazados por roles que requieren habilidades informáticas avanzadas.
El profesor ilustra este punto con el ejemplo de la arquitectura, donde los profesionales pasan de dibujar planos a mano a utilizar software de diseño asistido por ordenador. Sin embargo, la acelerada obsolescencia de las habilidades adquiridas en la universidad se convierte en un desafío importante. Muchas veces, lo que un estudiante aprende ya está desactualizado en el momento de su graduación.
Adaptarse a la fuerza
Ante este escenario, las universidades modernas se ven obligadas a evolucionar. La demanda del mercado se desplaza hacia habilidades más abstractas, como el pensamiento creativo, la resolución de problemas complejos y la inteligencia social y emocional.
Esto ha impulsado una metamorfosis en la metodología educativa, que se aleja del modelo rígido y centrado en el profesor, para adoptar un enfoque flexible y orientado al estudiante. El rol del profesor pasa de ser un simple transmisor de datos a un facilitador que guía el aprendizaje de los estudiantes.
La educación se vuelve menos teórica y más aplicada, animando a los estudiantes a interactuar activamente con el mundo real para encontrar soluciones. La competitividad cede espacio a la colaboración, con un énfasis en el trabajo en equipo y en las habilidades sociales.
Inteligencia artificial
El clímax de la conferencia llega con el análisis del impacto de la inteligencia artificial. Herramientas como ChatGPT, DALL-E y Midjourney no son, según Melián, meros instrumentos, sino fuerzas disruptivas que remodelan fundamentalmente los procesos de aprendizaje y creación.
Melián subraya que las universidades tienen la responsabilidad de abrazar estas tecnologías e integrarlas en su currículo, pero siempre bajo los principios de la libertad individual y la responsabilidad. Para él, el mayor riesgo no es la tecnología en sí misma, sino la regulación excesiva, que, como advirtió Ludwig von Mises, puede sofocar la innovación y obstaculizar el progreso social.
En esta nueva era, la educación debe centrarse en cultivar la creatividad, la responsabilidad y la libertad, preparando a las futuras generaciones no solo para adaptarse, sino también para liderar y prosperar en este paisaje tecnológico siempre cambiante.
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